Ágora


Otro mundo es posible. Un comentario personal en torno a la democracia y las revoluciones sociales


Uno sabe que se ha vuelto viejo, cuando le da por figurarse que la vida fue en otro tiempo más grata, o cuando menos, no tan miserable de lo que recuerda haberla pensado cuando más detestable la encontraba. Cuando eso sucede, doy un vistazo a los diarios del día, con el fin de consolarme ante la idea de que no existe edad de oro, y que como decía Enrique dos Santos: el mundo fue y será siempre la misma porquería.


De ahí que con regularidad me da por pensar que envejecer, es algo así como un cuadro crónico degenerativo de conciencia auto inducido, cercano a la locura y el ostracismo contemplativo, donde nos da por alentar todo tipo de pensamientos y argumentaciones personalistas, con el fin de justificar la idea de que, ser mezquino y sórdidamente indolente a las necesidades de nuestros semejantes alguna vez ha tenido sentido.


Una descripción que no hace sino recordarme lo que el viejo solía decirme cuando más joven: hijo, si a los 20 años piensas en el Che Guevara y la izquierda revolucionaria, como un modo alternativo y democrático de vivir un mundo con menor propensión a la injusticia, tienes mucho corazón; si después de los treinta sigues creyéndolo, no tienes cerebro. Y bueno, qué le voy hacer, quizá después de todo, como dice Serrat: debe haber gente pa’todo.


En ese sentido, si bien hoy tengo 36 años, aún sigo creyendo que otro mundo [más humano], es posible. ¿Las razones? A decir verdad, a veces, ni yo mismo las tengo claras. Una posibilidad –desde luego, la menos alentadora que se me ocurre–, será pensar, que aún si no me gusta admitirlo, el viejo tenía razón, tengo mucho corazón y muy poca cabeza. Sólo de ese modo soy capaz de explicarme, porque creo que el mundo merece mejores y más prometedoras perspectivas de las que hasta el momento nos hemos permitido.


Otra consideración –no sé si más o menos optimista que la primera, pero si más a modo con un escenario pragmático–, sea terminar por reconocer, [no sin ciertas reservas], que a menos que algo muy extraordinario ocurra, las cosas seguirán siendo por mucho tiempo, el mismo chiquero de despropósitos


Lo significativo acaso, radica en que hoy a diferencia de lo que solía creer hace más de una década, me parece prudente guardarnos de suponer, que para que otros modos de vivir más sensibles, sean posibles, es necesario derribar sin mayor consideración por lo pasado, todo lo que hasta el momento se ha hecho. De otro modo, cualquier opción que se decida ejercer, habrá de permanecer sin mayor consideración que la del voluntarismo, siempre a merced de los caprichos del momento y sin opciones claras consecuentes a su realización.


A propósito de esto último, cabe advertir que si el conjunto de nuestras más nobles aspiraciones, fuera equiparable al sin número de esfuerzos que con frecuencia gastamos en descalificar a cualquiera con cuyas opiniones disentimos, bastaría una sola razón para dar de sí, más posibles en pro del bien común, que opciones disponibles para el dispendio de nuestras capacidades. Más claro: cambiar es mucho más que desear por disposición de la buena voluntad; de buenas intenciones está lleno el camino al infierno –solían decir los viejos más antes.


Cabe señalar al respecto, que el hecho de que las más grandes tragedias acontecidas en la historia, hayan nacido al cobijo de revoluciones cuyo fundamento ha sido en la mayoría de los casos, la búsqueda de cambios para equilibrar nuestras más vergonzosas miserias –pobreza, corrupción, aplicación diferenciada de la ley–, no es motivo suficiente para claudicar en la construcción de soluciones que ofrezcan mejores condiciones de existencia, para aquellos en cuyo nombre se han encabezado.


En ese sentido, si bien la instauración de gobiernos libremente elegidos, no precisa de condiciones mínimas de desarrollo económico, no existe democracia capaz de resistir altos índices de escases material, sin ver disminuida su capacidad para incentivar el activo involucramiento de los ciudadanos que las habitan. Porque elegir entre morir de hambre o recibir un balazo en la cabeza, ofrece pobres y muy pocas opciones de desarrollo para cualquier sociedad que se jacte de tener la libertad política, como fundamento de su existencia.


Empero, es prudente guardarnos de suponer, que la vía revolucionaria ofrezca buenos dividendos para la construcción de sociedades más justas. Ya que como tal, cualquier revolución apela al emplazamiento de un estado de excepción, donde por regla general, el voluntarismo se encuentra a la orden del día, por lo que cualquier cosa es siempre posible, ofreciendo pocas o muy escasas opciones para capitalizar sus contenidos, en instituciones regulares, que tengan la fuerza suficiente para corregir la inercia vivencial que caracteriza la reivindicación bajo la cual conducen sus esfuerzos.


Así las cosas, la próxima vez que piense en la mucha falta que nos hace, mejorar todo tipo de insuficiencias que a diario padecemos en nuestras sociedades, tenga a bien la bondad de recordar que el emplazamiento conductual de cualquier cambio al que se aspire, sólo se habrá de sostener, en la medida que estemos dispuestos a reconocer, que la efectividad de cualquier medida correctiva, se halla condicionada, por la participación gradual y paulatina, de todos los sectores de nuestro país, sin menoscabo de ninguna tendencia política, por discutible que la misma nos parezca.



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