Ágora



México y su democracia


¡Ay, ay! ¡Qué ratas y sinvergüenzas son los políticos del viejo régimen! Por eso este país jamás va a mejorar; pobre México, tan lleno de posibilidades y todas fallidas; miren nada más cómo nos desgarramos las vestiduras para que todos puedan ver lo mucho que sufrimos por lo que se podría y no se hace. ¡Por favor! No seamos hipócritas, si nos encanta el PRI con todo y sus modos políticos más arcaicos, tan llenos de populismo, dispendio y falsa bonanza con cargo al erario. Lo que es más, si pudiéramos volveríamos el tiempo atrás sólo por darnos el gusto de volver a vivir con holgura y comodidad sin hacer lo más mínimo por sostener la situación. Porque nos guste o no, lo de México se parece más al caso del toxicainómano que después de tener el “viaje” de su vida, permanece el resto de la misma intentando –sin éxito–, recrear su más ávida experiencia, que al caso de la persona prospera que por azares de la vida y pese al ímpetu de su empeño diario, de súbito se ve fracasar y caer sin poderlo evitar. Porque seamos sinceros, hace falta mucho valor y algo más de franca humildad, para ver las cosas como de verdad son, y no como nos hubiera gustado que fueran, que si este país hubiera sido alguna vez, esa nación de ensueño que los más acérrimos defensores de nuestra muy larga tradición autoritaria, insisten en querernos vender cuando de defender lo indefendible se trata, por principio de cuentas jamás hubiéramos conocido, –ni por asomo–, de aquellos tiempos donde cualquier aspecto de la vida se resolvía por tratos oscuros, componendas, amenazas de coacción y o arranques de oportunismo. Como tampoco se hubiera sabido jamás, de la temeridad de vernos por ello mismo, enfrentando la vida diaria bajo el estigma de tener que callar lo que realmente pensamos, y decir en cambio, apenas lo justo para no desentonar, por aquello de “qué van a decir” o "qué pueda pasar". Porque si bien problemas sociales del estilo, no son en su totalidad consecuencia de la profunda vocación autoritaria de nuestra sociedad, es difícil ignorar que buena parte de los mismos, se afincan sobre la normalidad con la que todo tipo de conductas arbitrarias se convierten en el pan nuestro de cada día. Porque cuando no hay modos despóticos y excluyentes de ejercer el poder público, igual vemos exclusión, aplicación diferenciada de la ley, privatización de los recursos públicos, corrupción, o franca complicidad de las instancias de poder para con quienes delinquen y o estafan al común del ciudadano. Pero qué pasa aquí según los entendidos del tema –cabe preguntarnos. Democracias deficitarias, (por decirlo de modo menos severo “con adjetivos”), como la que este país padece hace 20 años, (donde la libre selección de gobiernos convive de forma simultánea, con un modo de hacer política fuera de toda connotación liberal-republicana), son sólo factibles, ahí donde los ciudadanos que las habitan, carecen de argumentos sustantivos para defender sus intereses en común, porque no saben siquiera que los tienen. Por lo que permanecen de continuo, a merced de coyunturas, lo mismo que de intereses privados, bajo el supuesto de creer que ir por la libre, ofrece mejores opciones personales para el crecimiento propio, que la responsabilidad compartida de establecer acuerdos colectivos estables, duraderos y equitativos. Con tales condiciones, es fuerte la tentación de creer que no se cuenta con personas interesadas en la libre formación de gobiernos, sin embargo, el problema de fondo no pasa tanto por la ausencia de sinceros defensores de las instituciones poliárquicas, como por el escaso o nulo valor que se otorga a las dimensiones extra poliárquicas de la democracia, esto es, que se desconoce el impacto de los procesos de gobierno en la propia configuración de la democracia como régimen político. Consideración esta última por demás significativa, porque tiende a silenciar que la regularidad de la democracia como forma de gobierno, descansa no sólo en el modo como sus ciudadanos seleccionan autoridades, tanto como por los límites –que al menos en teoría–, debieran existir para conducir sus capacidades de gobierno bajo los principios más elementales del liberalismo y el republicanismo. ¿Hasta qué punto se tiende a pasar por alto esta observación? Nos habla no sólo de un sesgo interpretativo en el corpus de los marcos explicativos que tradicionalmente se han utilizado para explicar las razones del cambio político y las perspectivas de supervivencia de sus regímenes resultantes. Sino también en no menor medida, de los intereses reales que hay para afianzar cambios institucionales reales en los modos despóticos como tradicionalmente se han ejercido el poder político en nuestras sociedades. De otro modo, por más retórica y elementos discursivos a los que se apele en la defensa de nuestras democracias, será poco o muy nulo lo que se logre para sortear el entrampamiento de creer que la propia democracia es la solución de sus problemas más serios. ¿Que la cosa puede ser razonablemente entendible en los términos que lo he detallado en el breve espacio de esta columna? De acuerdo, puede ser que si, el único problema es que hasta donde se sabe –entre las corrientes que dominan la discusión académica de estos temas–, tales salvedades rara vez se han hecho explicitas. Lo que tiene efectos no sólo sobre nuestras posibilidades para entender el mundo en el que vivimos, sino también para transformarlo. ¿De qué nos sirve en términos reales tal explicación a los ciudadanos de a pie? –escucho que me dicen propios y extraños cuando estos y otros temas relacionados se tratan en vivo. La respuesta más llana que me viene a la mente es: Para no cejar como sociedad, en nuestro empeño de ir cerrando esos numerosos espacios de discrecionalidad que hoy por hoy nos dan la sensación de no vivir en una real democracia, sin llegar por ello a pensar que todo lo demás, ha sido en vano. La experiencia de nuestro país ha demostrado que, se puede estar perfectamente de acuerdo en ocupar posiciones de gobierno de forma razonablemente libre y limpia, sin estar necesariamente interesados en sujetarnos a controles una vez que se llega al poder, como de hecho ha venido ocurriendo desde hace dos décadas. Hoy permanece el reto de pensar si estamos o no dispuestos a darle un nuevo giro al modo como resolvemos los problemas que a diario vivimos, o si por el contrario habremos de permanecer varados en la renuncia de lo posible, e incluso vernos sucumbir a la tentación de mandarlo todo al carajo, bajo la impresión de que nada de lo que hasta aquí hemos conseguido ha valido la pena.


*Ensayista y activista mexicano. Entre la gama de intereses académicos que manejo, se hallan los estudios sobre democratización y cambio de régimen en América Latina, así como cuestiones alusivas a la calidad de la democracia.


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