Ágora



¿Y después de las elecciones qué? (PARTE II).



El aluvión de opiniones que el proceso electoral de este año ha despertado, se ha ocupado de sobre explorar las posibilidades de triunfo entre los distintos contendientes, sin embargo, teniendo en cuenta la importante diferenciación de las tendencias de opinión, así como la intención del voto, que apenas han sufrido variación en los últimos meses, no pocas son las voces que dan ya por descontado el triunfo de la coalición Morena, PT, y PES.


Sin embargo, aún teniendo en cuenta tal cuestión, así como la naturaleza de la propuesta que dicha coalición representa, pocos son los que se han cuestionado respeto a qué habrá de suceder con posteridad a las propias elecciones. En ese sentido, la práctica totalidad de los señalamientos que se han dejado sentir en la opinión pública, suponen que el triunfo de esta coalición podría marcar un antes y un después respecto al modo como tradicionalmente se ha ejercido el poder político en este país, lo que implicaría por decirlo de forma breve, que la actual elección constituyera la punta de lanza de cualquier otra cosa hasta este momento sin explorar –se apunta a decir los más osados.


Si bien es cierto que no faltan visos para suponer que la actual elección confronta de tajo dos visiones de país diametralmente distintas, que oscilan entre la continuidad de un proyecto nacional orientado hacia el exterior, (como ha sido de hecho los últimos 40 años con los gobiernos del PRI, el PAN y sus consecuentes aliados), y una propuesta (la de Morena), que en términos discursivos se ostenta como disruptiva, toda vez que pretende orientar su eje de acción, poniendo en entredicho la conveniencia de mantenernos por el camino transitado hasta ahora.


Sería importante ser cautos, primero por la ausencia de referentes propios de lo que hoy se observa, tanto porque los disponibles en América Latina y otras partes del mundo, sugieren que por mucha popularidad que muestra la propuesta disruptiva, no hay en realidad razones de fondo para pensar que la misma logre materializar todo lo que en algún momento se le ha atribuido. ¿La razón? Nuestro sistema político si bien es de corte presidencialista, también exhibe en términos formales una de las presidencias más débiles de todo el continente, (circunstancia que subyace en el fondo de la mayor parte de los problemas más persistentes que nuestra democracia ha mostrado en los últimas décadas), y que sin embargo, apenas ha sido tenido en cuenta, ya que por razones históricas hemos desarrollado un estilo de gobierno altamente personalista y discrecional.


Mismo que en las actuales circunstancias podría traer más problemas que beneficios, y lo digo de este modo, porque teniendo en cuenta la importancia de lo que la presente elección federal plantea (entre el cambio o la continuidad), así como la preeminencia de los temas que preocupan actualmente a la opinión pública nacional, lo cierto es que hasta el momento ninguno de los contendientes del actual proceso electoral federal ha sabido trascender la inercia de un proceso signado por la polarización de las preferencias.


Sirva para ejemplo lo visto en el último debate presidencial televisado el fin de semana pasado, ya que si hemos de ser francos, no uno solo de los candidatos que supiera aprovechar el tema y la ocasión, para trazar con claridad posibles estrategias que atajen el problema de la compleja relación con Estados Unidos, ni el precario equilibrio de nuestra posición de dependencia tanto por la cuestión de la balanza comercial, como por el tema de las remesas; incluso Anaya –en términos de dominio escénico quien mejor suele construir su lógica argumentativa–, quedó por momentos rebasado, al no resistir el impulso de ridiculizar al candidato puntero;


Ni se diga el caso de Meade, todo un despropósito, –sobre todo si se tiene en cuenta que fue canciller durante la actual administración–, en ese sentido, su aproximación aunque consistente, fue incapaz de sustraerse de la lógica prevaleciente en los últimos dos gobiernos, donde la cuestión se manejó, –muy al tenor del discurso de la seguridad nacional impuesto por Estados Unidos–, en términos casi exclusivos del impacto de la violencia y los estragos del crimen organizado.


Mientras que para el caso de Jaime Rodríguez Calderón, sus intervenciones rayaron en lo campechano, –en un modo que recuerda en buena medida los momentos más bochornosos y pintorescos del foxismo–. Por último, en el caso de Andrés Manuel, no creo que la carencia de argumentos respecto a la política exterior de México le importe mucho, –se sabe con ventaja sobre los demás competidores–, en cualquier modo, estoy seguro que su dificultad para hacerse explicar, –lo suyo nunca ha sido la retórica–, tendrá por fuerza que venir respaldada de una estrategia, donde su equipo de colaboradores trace una línea de acción acorde a su visión de la política domestica.


Vi pues, mucha más retórica que datos duros; en dicho sentido, si bien todos los candidatos coinciden en la urgencia de reposicionar al país como una potencia internacional, con capacidad de reorientar su papel en el mundo (el qué y el para qué), ninguno fue realmente capaz de explicar el cómo lograrlo. Al final no me siento interesado en lo más trivial: decir quién se supone que ha ganado el debate; con las insuficiencias mostradas por todos los candidatos, es más que claro que todos perdemos, repito, todos perdemos. `


Sin embargo, ante tales condiciones de pobreza argumentativa, como de polarización de las preferencias, así como de carencia de referentes propios para vislumbrar que habrá de suceder, la pregunta más importante de fondo persiste: ¿Y después de las elecciones qué?


*Ensayista y activista mexicano. Entre la gama de intereses académicos que manejo, se hallan los estudios sobre democratización y cambio de régimen en América Latina, así como cuestiones alusivas a la calidad de la democracia.

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