Ágora: Política y pensamiento

Por: Emanuel del Toro

Política y pensamiento.


El infierno en la tierra es sólo posible en un mundo donde la mayoría de sus habitantes lidian de continuo con la irresuelta tarea de reconocer y vencer a sus propios demonios, entre miedos, y/o sesgos de pensamiento, al punto de confundir sus rasgos personales más oscuros o las consecuencias de los mismos, como una muestra de su propio carácter; es la unión de demonios sin resolver lo que hace del mundo un infierno que de lo personal se proyecta en lo colectivo.


Que sí, que eso medianamente lo saben todos, de acuerdo. El problema es que si lo pensamos un poco, no todos advierten tan fácilmente cómo es que nuestros propios conflictos sin resolver impactan sobre la continuidad de nuestras vidas, ni las de aquellos que nos rodean, porque para terminar pronto, en ocasiones impactan incluso sobre personas que quizá jamás lleguemos a conocer y que sin embargo resienten sin sospecharlo los conflictos de muchas más personas que ni siquiera saben que existen. Porque lo que hacemos toca la vida de quienes conocemos, pero también la de aquellos que sin darse cuenta lidian con los resultados de nuestras propias interacciones.


Hasta aquí no faltará quien piense: nada nuevo bajo el sol; lleva siendo así desde siempre. Empero las cosas se vuelven mucho más complicadas respecto a los efectos que nuestras acciones y/o pensamientos tienen sobre la vida de otros, si la arena de la que se participa es el espacio de lo público. Porque una cosa es que los conflictos sin resolver de todos terminen interactuando en mayor o menor medida en lo cotidianeidad de lo privado, y otra muy distinta cuando los efectos de los privado trastocan el espacio de lo público, como ocurre cuando un funcionario público se apropia de los recursos y/o capacidades del Estado para su propio beneficio, ya porque desvía recursos, que porque se sirve de sus relaciones entre los de su misma clase para torcer el interés público en su propio beneficio.


Pero es que la cosa difícilmente se detiene en ello, porque no hay, salvo por las investiduras institucionales que los funcionarios del Estado representan, una distinción real entre el tipo de sesgos que hay en aquellos que participan de los circuitos de poder, frente a lo que ocurre con cualquier otro ciudadano de a pie. Para decirlo claro: la mediocridad de nuestros gobiernos y la vida pública en general, no son más que el más claro y consistente reflejo de nuestros conflictos sin resolver; o como se dice en la calle: tenemos el tipo de gobiernos que merecemos.


Lo que ocurre porque pese a padecer con creces los resultados más desagradables posibles de una visión cortoplacista y egoísta de vivir sólo para provecho propio, pasando por encima de cualquiera, difícilmente traducimos el disgusto que nos da cuando ello mismo ocurre, –por los alcances que sus acciones tienen sobre nuestras vidas–, entre quienes ejercen el poder político. Porque así sea que nos molesten los efectos que los vicios en el ejercicio del poder político tienen sobre nuestras vidas, rara vez somos capaces de traducir ese disgusto en genuinas movilizaciones ciudadanas que en efecto reviertan o atenúen el daño al interés público que se hace cuando quienes debieran estar ahí para garantizar que el Estado funcione eficientemente para todos, utilizan sus posiciones de privilegio al interior de este, para servirse a placer en provecho propio o de los suyos.


Si no fuera ya suficiente con pensar que idénticas consideraciones de egoísmo, oportunismo o cortedad de miras que se observan en la sociedad terminan reproduciéndose entre aquellos en cuyas manos queda la titularidad del Estado, otro tanto ocurre entre los que sin ser propiamente parte del Estado o sus instituciones, participan de la política, porque se dicen interesados en mejorar la calidad de nuestra vida pública. Lo mismo da si lo hacen de forma espontánea o por la libre, que sumándose a frentes de representación, colectivos sociales, partidos políticos u organizaciones no gubernamentales.


La cosa es que incluso entre aquellos que reconocen el daño tan profundo que el cortoplacismo genera sobre el interés público cuando se dispensa desde puestos que forman parte de la toma de decisiones políticas, se ven de continuo, acaso sin advertirlo del todo, reproduciendo todo tipo de sesgos de pensamiento, que en vez de contribuir a generar el terreno propicio para que los problemas por los que se dicen interesados en mejorar, en efecto se resuelvan con apego al sentir de la mayoría. Antes por el contrario, terminan actuando de forma por demás parecida a como lo hacen el resto de aquellos que con justa razón denuncian.

El punto es que una buena parte de todos aquellos que se movilizan con la intensión de evitar abusos de poder o exigir que quienes gobiernan rindan cuentas con absoluta claridad, terminan las más de las veces cultivando un malsano sospechosísmo y/o sectarismo, tras del cual quienes no se movilizan al unísono de su parecer, caen en la categoría de contribuir a mantener el orden establecido. Sin comprender que mientras se siga privilegiando aquella visión maniquea del “si no estás conmigo estás contra mí”, difícilmente conseguiremos generar como sociedad el tipo de sinergias necesarias para materializar nuestras aspiraciones por equilibrar los excesos en el poder que son ya moneda común entre nuestra clase política.


Pero ojo, no nos llamemos a engaño, lo que aquí describo de forma breve, no es privativo de la vida política del país, podríamos incluso cambiar de arena e igual encontraríamos cómo los modos de pensar o sus conflictos resultantes sin resolver, lo trastocan todo de forma tan profunda, que literalmente la sociedad entre sí termina haciéndose pedazos para definir quiénes en efecto representan los auténticos intereses de la mayoría.


Sirva para ejemplo el terreno de lo económico. ¿Que por qué lo digo? El nivel de desigualdad de un país se encuentra íntimamente relacionado con la incapacidad de sus sectores más privilegiados para comprender las privaciones de quienes menos tienen o peor son tratados. En México hay tal nivel de desigualdad y violencia generalizada, que incluso quienes no son privilegiados terminan haciendo suyos los sesgos y/o complejos de clase de quienes más tienen.


Si eso no es suficiente motivo para pensar que nos urge revisar a conciencia el tipo de sociedad que somos y la escala de valores que la sostiene, no sé entonces qué carajo hacen los que se auto perciben como oposición, como no sea poner su mejor actitud y echarle muchas ganas, tal y como sentencian a quienes vivimos con todo tipo de carencias. ¿A qué quiero llegar con todo esto?


Ninguna sociedad logrará el conjunto de cambios que sus ciudadanos más interesados en incrementar la calidad de su vida pública aspira, (aún si existen los instrumentos legales necesarios para hacerlo), en tanto la totalidad de quienes en ella intervienen, no logren trascender sus rasgos conductuales más habituales y corrosivos, así como los sesgos interpretativos y/o de pensamiento que los orientan a ir cada cual por su lado, divididos y/o atomizados. Lo digo de este modo, porque el problema en este país no radica en la ausencia de leyes u opciones por ensayar, tanto como en la naturaleza altamente discrecional de la impartición de la justicia y la prevalencia de nuestras instituciones informales, lo que necesariamente socava cualquier posibilidad de dotar la labor del Estado de predictibilidad.


Somos literalmente lo que pensamos; y mientras no hagamos más por superar el sospechosísimo, el sectarismo, la polarización y la incapacidad de ponernos de acuerdo, difícilmente sacaremos algo mejor que lo que hasta aquí hemos sacado. Hasta entonces seguiremos inmersos en ese círculo de perenne mediocridad en donde la incapacidad de superar nuestras sesgos de pensamiento sigue llevando a poner en el poder a exactamente los mismos, o a que aunque lleguen nuevas caras, estas terminen en menos de lo que pensamos, comportándose igual que los de siempre. Los cambios políticos más profundos, implican necesariamente cambios en el pensamiento, de otro modo por mucho que se declaren son sólo cambios de discurso sin una praxis que la sustente.

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