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Ágora: Lo que la Ciudad de México representa


Lo que la Ciudad de México representa.

 

Por: Emanuel del Toro.

 

Tanto por la fuerza de lo que representa en términos de votos, como el valor simbólico de lo que significa controlar la capital del país, es un hecho que después de la propia Presidencia, gobernar la Ciudad de México se puede considerar el cargo político de mayor importancia en todo el país. Tan importante es, que si se lo piensa, se le puede considerar la antesala misma a la presidencia. Al menos así lo ha sido con una importante seguidilla de perfiles de la llamada izquierda, piénsese por ejemplo en los casos de Cuauhtémoc Cárdenas, o del propio Andrés Manuel, por no hablar también de la misma Claudia Sheinbaum, o incluso de su competidor más significativo, a saber Marcelo Ebrard.

 

El punto es que pocos cargo políticos arrastran tras de sí el impacto de lo que representa hacerse con el control de la Ciudad de México; porque ganar la alcaldía en la capital del país significa quedar en la antesala misma de la presidencia. De ahí el valor de lo que se juega, pero también la alta complejidad y/o el dinamismo que conjuga la búsqueda y obtención por dicha candidatura.

 

En tales condiciones lo lógico es asumir que los números y/o las inercias de popularidad mandan: lo que supondría que quien mayores simpatías arrastre frente al electorado, terminaría siendo, sí o sí, el candidato elegido; a no ser claro, que la pugna interna conjugue tal cantidad de presiones, que obliguen a resolver la coyuntura, lo mismo con creatividad, que con disciplina partidista, sin por ello perder la ocasión de mantenerse en las coordenadas de lo políticamente correcto, invocando muy a modo, criterios de paridad de género.

 

Que es en realidad lo que parece que ha sucedido en esta coyuntura para el caso de la Ciudad de México, porque pese a que los resultados de las encuestas indicaran que García Harfuch es de hecho el candidato mejor posicionado que el resto de aspirantes de la 4T, –lo que incluye a Claudia Brugada, Hugo López-Gatell, Miguel Torruco y Mariana Boy–, al final la dirigencia nacional del partido ha terminado resolviendo la tensión que el proceso interno representaba, eligiendo por criterios de paridad de género y/o equidad en el ejercicio del poder, a Clara Brugada, exalcaldesa de Iztapalapa, como la candidata de Morena a la Ciudad de México, pese a que en la encuesta fuera ampliamente superada por García Harfuch.

 

Una cuestión que en lo formal obedece a que, hasta el día sábado 11 de noviembre, sólo dos mujeres habían asegurado de forma directa sus respectivas candidaturas –a saber, Rocío Nahle, quien busca la gubernatura de Veracruz, y Margarita González Sarabia, que aspira a ser gobernadora en Morelos–, de ahí que Morena resolviera la cuestión, decidiéndose a elegir tres candidaturas femeninas, para terminar con un total de nueve candidaturas repartidas a modo de 4 candidaturas para hombres y el resto para mujeres.

 

Un criterio que si bien se justifica por razones de cumplimiento para con acuerdos previos de paridad de género, hechos con el INE, deja al descubierto sin embargo, lo profundo que han calado las diferencias que subyacen en este proceso interno; entre un ala de corte pragmático, que apostaba, –en la figura de García Harfuch–, por elegir al candidato más competitivo, cumpliera o no la idoneidad de un perfil acorde a la idiosincrasia del partido; y un ala mucho más beligerante y/o dogmática, como tradicionalista, para la cual, el rendimiento electoral no debía imponerse jamás sobre la congruencia discursiva.

 

Ese era en realidad el dilema de lo que disputa interna por la candidatura de la Ciudad de México representaba para Morena y la propia 4T. Pragmatismo y rendimiento electoral, contra congruencia discursiva y respeto a los referentes históricos de lo que dicha corriente política ha significado o representado para sus electores. Lo que semejante escenario representa y/o significa, queda sujeto a una amplia cantidad de posibilidades, sin embargo, lo menos a decir o considerar, es reconocer que no es la primera vez que ocurren desenlaces parecidos al de la coyuntura actual –piénsese por ejemplo en el caso de San Luis Potosí.

 

Localidad en la que la animadversión y/o la férrea oposición de la base militante, para evitar que se les impusiera la candidatura de Ricardo Gallardo Cardona, terminó haciendo forzosa la definición de una candidatura, por la elección de la Dra. Mónica Rangel; candidatura que si bien lo formal satisfacía razones de paridad de género, significó a un mismo tiempo, –por razones de incongruencia ideológica, al tratarse de una figura de clara raigambre priista–, la muerte electoral del propio Morena en la localidad. Lo que de paso allanó el camino para que el propio Gallardo Cardona, después de comprarse para sí el PVEM, se hiciera con el control de la gubernatura.

 

Para el caso, igual que como ocurriera en aquella ocasión, lo que en esta coyuntura se observa es que prevale ante todo la disciplina partidista. En Morena se hace sí o sí lo que quien hoy ocupa la Presidencia, quiere. No hay más en ello, que la consecución de un partido político que está se sumo, consciente de que para hacerse con el poder, es preciso mantener ante todo la disciplina. Porque no es ningún secreto que, ante la fragilidad y/o alta explosividad que ha caracterizado el escenario político actual, cualquier paso en falso puede terminar comprometiendo las posibilidades de éxito. Pero no es sólo la disciplina partidista lo que prevalece, sino también y/o además, la importancia electoral de lo que la congruencia discursiva o ideológica representa.

 

Porque este es ante todo, un momento de definiciones. Una encomienda en la que la totalidad de los partidos políticos independientemente de su posición, pueden coincidir.  La disciplina partidista siempre será de suma importancia para aspirar a algo, ¿pero qué es la propia disciplina partidista ahí donde no hay también congruencia ideológica? El punto es que quien verdaderamente aspire a algo, tiene necesariamente que partir de la propia base ideológica con la que al menos en teoría se identifica. Porque pretender avanzar infravalorando lo que la propia base electoral del partido exige, significa un auténtico suicidio.

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